Escribires
En este momento habito
en una ciudad de Eremitas. Siena es la ciudad del Palio, del medioevo
intacto, de los hablantes del italiano más fluido de este país;
es el corazón de la Toscana, la pequeña ciudad de estudios
humanísticos y la eterna rival de los florentinos. Es todo eso,
pero sobre todo es un lugar para detenerse y contemplar. Contemplar
el tiempo intacto y repasarse a uno mismo mirando colinas que cambian
de color con las estaciones, dándole siempre un nuevo matiz al
rojo intenso de los techos seneses. Por eso no me extraña que
en sus innumerables monasterios abunden santos y beatos, libertinos
redimidos y místicos iluminados, así como tampoco me extraña
que esté colmada de estudiantes y doctorandos que ciertos parentescos
establecen con los eremitas: la fe en la ciencia tiene el mismo olor
que la fe brotada de los desiertos.
Culpo (vanidosamente
quizás), a esta ciudad por esa necesidad de re-visitar mis pasos
antes de aproximarme a dar el próximo. Culpo también a
la hospitalidad de este puerto virtual que me permite regresar sin la
fatiga de las justificaciones. Ofrezco aquí dos productos que
hablan del lento trabajo que ha consumido dos años de mi -ya
no tan-breve existencia, dos trabajos diversos que confluyen en la única
palabra que se me viene a la mente, apenas pienso en el fenómeno
que los produjo: el viaje.
Del primero ya ha habido
noticias en Azapa, es la escritura que me otorgó el primer título
que he recibido, producto de un partir lejano. Hace ya tres años,
durante el año 2005 estuve trabajando en México, engendrando
lo que más tarde sería mi tesis de grado que llamé
“Que no se seque la vida”, una tesis que me hizo por primera
vez hablar y escribir de sanar y crecer, de medicinas, de aguas e indios,
de etnografías y viajes. Todos términos que aún
luchan en mi interior buscando reproducir la claridad que en esa ocasión,
me dio el escribir.
El segundo está
recién nacido y he elegido posarlo aquí para que crezca
en libertad [como los pajarillos, como dicen los versos], a fin que
sea utilizado por alguien y cualquiera, que pretenda acercarse al misterioso
mundo de la infancia. Su gestación también fue larga,
aunque sus dimensiones son menos extensas. Fue larga porque no sólo
se trató de un viaje, sino de un migrar, que como sabrán
es mucho más doloroso que el viajar. Entrar a Europa y encontrarme
con el mundo en todas sus versiones, salir de mi isla montañosa
a vivir en una ciudad como Génova, en la que se convocan todas
las teorías y observar cómo estallan las guerras entre
ellas, guerras silenciosas entre signos traídos de distintas
partes del mundo, encontrarme con dolores y placeres distintos, reconocer
nuevos recursos y nuevas oportunidades para crecer y sanar; hacer de
las crisis una oportunidad para transformarnos, “soglie d’incontri
possibili” como dicen por aquí.
La etnopsiquiatría
es una exploración en estas transformaciones posibles, en estas
nuevas obligaciones que nos trae la diversidad, en el contenido político
que anuncian y qué mejor que explorarlas a través de los
sujetos recién llegados al mundo, a través de estos “extranjeros”
(1) que piden hospitalidad: Crecer como migrar,
es buscar nuevos horizontes y pedir hospitalidad en la acogida, ¿qué
hospitalidad le estamos ofreciendo a estos recién llegados?,
¿Cómo queremos hacer crecer a estos niños-extranjeros
del mundo?
Con estas preguntas me
embarqué en lo que se ha denominado filosofía de la narración,
un reconocimiento justo y póstumo al arte de contar
que fue adoptado como estrategia pedagógica en el Centro
Scuola e Nuova Cultura, estructura de educación intercultural,
enfocada al trabajo con operadores escolares, niños entre 0 y
15 años y sus familias, que me acogió como practicante
por un periodo de seis meses, en el que recogí historias y relatos
que intentaban hacer brotar la pregunta de quién eres tu, en
lugar de qué eres tú; derribar la elección por
el abstracto y universal (hombre, mujer, depresivo, loco, peregrino,
inmigrado), para aprovechar la oportunidad de construir un mundo común
a través de nuestras historias.
Pese a lo cándido
de trabajar con relatos infantiles en contextos interculturales, la
aparente simplicidad del contar se estrella con la complejidad de la
construcción de un mundo común que vivimos adultos y niños
de estos tiempos, colisiona con las obligaciones políticas que
encierra y con lo profundamente hostiles que somos a renunciar a nuestras
certezas, a hacer del dolor un recurso, del conflicto una oportunidad.
Estos son mis escribires,
los ofrezco con humildad esperando más que candidez, invenciones
posibles, confiando que sólo ofreciéndolos, haciéndolos
aparecer a los/as otros/as, estos “descubrimientos personales”
toman sentido, se vuelven fértiles y creativos,
valores en extinción en este mundo occidental que sangra por
un mestizaje irremediable.
Siena, Noviembre 2008
Alejandra Carreño
Calderón
carrenoalejandra@gmail.com
Master en Etnopsiquiatria
y Etnomedicina. Salud en Contextos Multiculturales
Università degli Studi di Genova
Doctoranda en Antropología,
Etnologia y Estudios Culturales
Università degli Studi di Siena