Mocha. Memorias
Loberas
Historias de las cacerías de lobo (2008)
El lobo emplanado
poh, ahí había que aprovechar de prepararse pa'ir a darle
la cortá a los lobos, y ahí casi toda la gente era lobera,
los viejos y jóvenes, habíamos palo y lanza, así
que dele cortando trecho, encerrado el lobo ¡Dele no más!
Hasta terminar la cantidad de lobos vivos que había... pero era
fantasía eso [Juan
Varela]
La cacería de
lobos marinos termina oficialmente en Isla Mocha durante la década
de los sesenta. Como con otras cosas en la isla, su finalización
coincide (o se lo hace coincidir, no podemos saberlo) con el terremoto
de 1960, el sismo más intenso jamás medido en el mundo,
con 9,6 grados en la escala de Richter (el 2010 deberíamos celebrar
los 50 años de esta marca mundial). En esos tiempos también
se produce la llegada del primer avión a Isla Mocha, piloteado
por Edgar Blackburn.
Ha pasado ya casi medio
siglo y la cacería de lobos sigue presente, inscrita, coraje
y heroísmo mediante, en los recuerdos de los mochanos. Ya se
ha escrito un par de textos sobre el tema (Quiroz 1992, 2007) que nos
eximen de referirnos a ella. Sólo queremos entregar algunos datos
históricos.
No sabemos con seguridad
cuando se inician las cacerías en Isla Mocha pero a fines del
siglo XIX era ya una de sus actividades más importantes. Hacia
1840 la isla fue ocupada por el empresario chileno Rafael Aguayo, quien
la dedicó “al cultivo y a la crianza de ganado, además,
instaló un astillero”, […además] “haciendo
la pesca de lobos que hay allí en abundancia” (Pizarro
1989: 36). Entre 1892 y 1893, visita la isla en labores de reconocimiento
hidrográfico y de levantamiento de faros, la cañonera
Pilcomayo de la Armada de Chile. En la relación de estos viajes
(1898) su capitán Froilán González señala
que “cuando las labores del campo les deja tiempo, los habitantes
se dedican a trabajos del mar, pesca de ballena i caza de lobos que
abundan en la isla de Quechol [...]; aprovechan solamente los cueros
para lazos i son famosos por su resistencia. (1898: 63-64). Cañas
Pinochet cuenta que “un pescador de la isla, tal vez el más
arrojado i diestro de todos, Pedro Ríos, […] nos refería
una matanza de novecientos lobos que él i algunos compañeros
habían hecho un día en el islote Guichol o de Lobos, todos
muertos a garrote como que estaban en tierra distantes de las aguas
por ser hora de la baja” (1902: 69).
Este artefacto recoge
una serie de recuerdos sobre la cacería de lobos inscritos en
la memoria viva de los mochanos de hoy, tanto los que aún viven
en la isla como los de la diáspora. Los recuerdos de los hombres
nos hablan de los capitanes de pesca y los loberos. Los recuerdos de
las mujeres, de espera y angustia, de abnegación y paciencia,
de cuidado y dedicación, en definitiva, de su papel en una actividad
aparentemente de hombres.
Mocha. Memorias Loberas
es una representación etnográfica de recuerdos entretejidos,
es una representación creativa, producto de innumerables conversaciones
e incontables reflexiones. Algunos de los recuerdos memoriosos han sido
estructurados por los mochanos en canciones, esto les ha permitido fijarlos
en el tiempo y, a pesar de lo transcurrido, trasmitirlos íntegros
a las generaciones siguientes. Nos gustaría que los lectores
y “escuchas” de esta obra disfruten y aprendan de un oficio
hoy minusvalorado (casi aborrecido) en un escenario mundial donde los
mamíferos marinos son considerados sólo como víctimas
de la codicia y depredación humana.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
CAÑAS PINOCHET,
A. 1902. La Mocha, descripción de esta isla. Actas de la Sociedad
Científica de Chile, 12: 55-74.
GONZALEZ, F. 1898 Exploraciones
hidrográficas de la cañonera Pilcomayo, en 1893. Anuario
Hidrográfico de la Marina de Chile, 21: 59-68.
PIZARRO, A. 1990. La
Mocha, la isla de las almas resucitadas. Boletín del Museo Mapuche
de Cañete, 5: 31-40.
QUIROZ, D. 1992. Lanza
con lobos: la caza de lobos marinos en Isla Mocha. Museos, 14: 12-14.
QUIROZ, D. 2007. La caza
de lobos marinos en Isla Mocha: ¡sólo para valientes (esto
no lo dijo un lobo)!. En Quiroz, D. (ed.) Etnografías Mínimas,
Santiago: Andros, pp. 39-45.